lunes, 18 de agosto de 2008

Los colores de Inguz


Todo el mundo en alguna ocasión ha visto el arco iris, lo que no sabe todo el mundo es que en realidad existen tres tipos.

El primero y más común es provocado por un rayo de sol que atraviesa una gota de agua y por desviaciones, sale expulsado creando los colores.

El segundo es igual que el primero solo que en lugar del sol, es la luna quien lo genera con lo cual es de menor intensidad.

Y el tercero es del que nos trata este relato, se forma cuando un rayo de sol cae perpendicular y penetra por el vértice superior de un iceberg compuesto de agua pura, agua que procede de la primera lluvia que cayó sobre la tierra cuando se hizo el mundo.

Pues bien, de ese iceberg salen los colores que llegan a todos los confines de la tierra, es como si dijéramos la fábrica de los colores.

Me tendréis que disculpar pero el lugar donde esto ocurre no os lo puedo detallar con exactitud ya que me veo obligado a no revelarlo por motivos de seguridad.

Lo curioso del asunto es que este arco iris, inédito para la mayoría de los humanos, solo se puede ver cada 11 años, el día once del mes once, no sé si es así por capricho del creador, pero así es.

Ese lugar y ese día, es una puerta por la que se puede entrar al mundo de los colores.

Permitidme que os presente a MIGUEL, él es un pescador que ahora vive en una casita de piedra pequeña junto al acantilado de un pequeñito pueblo pero cuando era niño vivía en una gran ciudad con sus padres. Gracias a un documental conocieron un pueblecito de pescadores que decidieron visitar y pasar el verano allí, les gustó tanto que decidieron repetir todas las vacaciones hasta que un día compraron una casita muy bonita y acogedora en un acantilado.

La gente del pueblo a pesar de estar poco acostumbrada a ver turistas fue muy amable y enseguida se les dieron a conocer sus comidas, costumbres, cuentos, leyendas, fiestas y ceremonias.

MIGUEL se integró tanto en el lugar que se hizo amigo de los pescadores y en especial del capitán -------un viejecito que lo conocía todo sobre el mar con el que se pasaba las horas ayudándole a reparar las redes maltrechas en el puerto hasta que un buen día le invitaron a salir con ellos.

Se tiene que reconocer que el trabajo de pescador no es fácil, más bien duro pero a pesar del frío, la humedad, los madrugones y el cansancio a MIGUEL le resultaba tan interesante que pensaba que eso no era trabajo, y así fue como se hizo un experto de esos menesteres.

Una vez acabado el verano regresaba a su ciudad, a su mundo.

Fueron pasando los años mientras transcurría su vida cotidiana como la mayoría, en su ciudad natal, entre coches, ruidos y obligaciones, solo cuando volvía al refugio por vacaciones su rostro adquiría color, sus ojos volvían a brillar, allí era feliz, lejos del desorden descomunal de la ciudad.

Él pensaba que en la ciudad las cosas eran del color que algún departamento de absurdos ejecutivos de marketing creían que tenía que ser.

En lugar de eso, en el pueblecito la naturaleza era la que decidía el cómo, el cuándo, y el por qué de las cosas. La vida no era tan artificial, el olor a mar no caducaba a los tres meses.

Desde la terraza de la casa junto al acantilado tenían unas vistas impresionantes, cuantas veces habían disfrutado de puestas de sol con un color que iba del rojo sangre al rosa pastel y en ocasiones con matices violetas, evidentemente dependiendo del contenido de las nubes.

En una ocasión, después de una de esas intensas lluvias apareció un arco iris como jamás habían visto ninguno de ellos, impresionado MIGUEL dijo:

- ¿Mami que es eso de colorines?

- Cuando dios hizo el mundo, utilizó una paleta de colores como los pintores y solo en ocasiones especiales los ojos de los hombres pueden verla, es bonita ¿verdad? - contestó la madre.

El padre miró sonriendo a la madre por el improvisado cuento que, como arte de magia, reflejó el asombro en el rostro del chico por la emoción que da ver algo nuevo y divino en toda su expresión, a buen seguro era lo más grande e importante que jamás había visto.

- Se llama arco iris. Puedes pedir un deseo – dijo el padre.

- Quiero poder ver algún día el sitio donde nace ese arco iris – pensó MIGUEL.

Sin duda ese once de noviembre fue un día importante en su vida. Como todos los veranos, al terminarse volvía a su ciudad y así fueron pasando los días hasta que el chico se hizo mayor y ya tomaba sus propias decisiones, tanto es así que decidió vender el piso que años atrás se compró, le aburría el reloj, las citas, la agenda, los prestamos y sus intereses desinteresados, humos, desgracias, recibos y otras tantas cosas que le impedían reír, correr, jugar, soñar, oler, levantarse con ilusión por el nuevo día, hacer grandes los detalles pequeños, detenerse a contemplar una flor y, en lugar de huir buscando refugio, pararse bajo la lluvia con los brazos extendidos mirando al cielo sintiendo el agua de la lluvia correr por su rostro.

Solo existía un lugar donde él se sentía así con lo cuál hizo acopio de valor y partió hacia la casita del acantilado. Recogió las pertenencias más importantes y se marchó al refugio del que nunca debería haber salido, la vida allí era mucho más lenta y ordenada, más lógica, posiblemente con menos oportunidades, no habían multicines, ni grandes almacenes, ni lujos ni salas de juego cosas que aunque atrayentes al principio, te convertían en esclavo, empujándote a un ritmo de vida frenético, ganar más para gastar más, por lo tanto necesitas trabajar más y así hasta el infinito.

Aunque en ese pueblo perdía todas esas cosas tenia otras que le compensaba mucho más, el pescado sabia diferente, el pan no venia en un plástico con el código de barras, la fruta tenia un sabor intenso, los olores eran agradables, el sol brillaba limpio.

La importancia en las ciudades se mide por número de habitantes, comercios, hoteles, infraestructuras, dinero etc. cuando en realidad se tendría que medir por su hospitalidad, limpieza, calidad de sus ríos y aguas, pureza de su aire, total que con esa escala de valores estaba claro que había hecho un cambio a una civilización superior.

Una vez se instaló allí se compró una barca con la que pensaba dedicarse a pescar y se preocupó por reunir los mapas alimentos y enseres necesarios.

En una ocasión soñó que navegaba con rumbo desconocido y que alguien guiaba su barca por derroteros que no aparecían en los mapas, por donde nunca antes había pasado ningún marino, horizontes que ningún sextante había visto jamás y por casualidad descubría una manada de delfines con los que nadaba y podía hablar sin pronunciar palabra.

Fiel a su sueño así lo hizo, un buen día zarpó sin rumbo conocido.

Cuando iba por alta mar, una repentina tormenta le hizo zozobrar haciendo que su barca pareciese de papel entre montañas de agua, pasó mucho miedo, regresaron a su mente todos los momentos de su infancia en el pueblo, frases, olores, lugares, el viejo capitán que de pequeño le enseñó todo lo que sabia del mar, siempre imaginó que era como el pescador que HEMINGWAY relató en “El viejo y el mar” con sus ropas gruesas, gorra y pipa, recordó como le aconsejaba que no hiciese locuras y que no navegase solo a no ser que lo hiciera cerca de la costa. En ese instante, una avalancha de agua hizo que perdiera el equilibrio y se golpeara la cabeza con algo, perdió el conocimiento por un espacio de tiempo indeterminado, hasta que el sol, más blanco y transparente que nunca, le despertó quemándole la cara, después de vomitar un mar de agua salada y amarga se despertó, se echó las manos a la cabeza intentando frenar el fuerte dolor y como pudo dio una ojeada evaluando los desperfectos.

- Podría haber sido peor, de momento sigo vivo que ya es suficiente.

Miró por la cubierta hacia el horizonte y el paisaje no le era familiar. Curiosamente a lo lejos había un iceberg flotando, ¿cómo podía ser?. Por mucho que le arrastrase la corriente no se podría haber alejado tanto como para llegar a una zona con iceberg, - que extraño- pensó. Otra cosa que le pareció rara era el brillo que había, una luz fuerte y clara como nunca había visto, similar a la que se puede ver después de un día de lluvia pero mucho más intensa y fue en ese momento cuando vio lo que debería ser un faro que emitía unas tremendas luces de colores.

- No puede ser, ¿qué es esa luz? ¿ De dónde sale? ¿Que está pasando?¿ me estaré volviendo loco? – pensó.

Incluso llegó a creer que había muerto y que estaba en el cielo, pero el dolor de cabeza le ayudó a desechar esa idea.

Con un empuje de coraje, puso rumbo a ese iceberg. Cuando llegó vio como por encima de la línea de flotación del iceberg había una especie de gruta por la que se podía acceder. Estuvo unos minutos con la boca abierta sin poder articular palabra, ya que desde un lateral del iceberg, como si se tratase de un cañón gigante de luz láser, salía lo que de ninguna forma podría haber construido ningún hombre, unos chorros de luz cada uno de colores diferentes, tan fuertes, tan potentes, tan intensos que pensó que podía quedarse ciego pero, a pesar de ese riesgo, el seguía mirando; un acontecimiento así, era difícil de pasar por alto.

Atracó el barco junto al iceberg y entró por la gruta, encontró un pasillo que desembocaba en una sala y con algo de miedo, se fue aproximando. Notó una sensación muy extraña por el estómago que definió como mitad curiosidad mitad miedo, hasta que sus temores se justificaron cuando al llegar a la sala vio algo que le dejó atónito, boquiabierto sin saber ni que decir ni que pensar, creyó haberse vuelto loco.

- Decididamente estoy muerto, ¿será éste otro planeta? ¿Tengo visiones por haber estado expuesto al sol durante demasiadas horas?

Lo que vio fue una mesa alargada como esas de las empresas donde hacen reuniones y la presidía una especie de silla diferente a las restantes como si fuese un trono. En esta silla había un señor vestido con túnica negra, parecía como si fuese el que dirigía esa extraña reunión, a su izquierda había dos señores, uno con una túnica de color azul y otro de amarillo y frente a ellos otros dos con las túnicas verde y rojo, frente al señor de negro había otro señor con túnica blanca. Asombrado de la situación el chico dijo:

- No estoy muy seguro de nada, pero ¿me pueden decir que es lo que pasa? ¿Dónde estoy, y que hago aquí?

- No te extrañes, no pasa nada, ni te has vuelto loco, ni estas muerto, ni este es otro planeta ni nada raro - comentó el señor de blanco.

- Toma asiento y te lo explicaremos; nosotros somos como tú creaciones de dios, somos los guardianes de los colores, cuando dios creó el universo lo hizo sin colores pero como os había hecho con ojos y necesitabais distinguir las cosas, nos hizo a nosotros para que le diéramos colores a todo, el resto de colores es una mezcla de nosotros - dijo el de negro.

- ¿Me intentáis decir que vosotros sois los colores?

- Pues sí, ¿no se nota? - apuntó el de amarillo.

- Yo me metí en muchos sitios pero principalmente en la vegetación árboles y plantas, bueno ya sabes - dijo el de verde.

- Pues yo principalmente en el cielo - opinó el de azul.

- Yo como me llevo bien con el señor azul, me quedé con las nubes, - dijo el de blanco-. Ah! y la leche. Lo que llevo peor son los zapatos, son muy sucios.

Mientras rieron del comentario, INGUZ pensó si el de negro tendría humor negro.

- Yo escogí el sol y comparto vegetación con don verde - añadió amarillo.

- Pues yo me quedé con la sangre así que estoy en todos vosotros - aclaró el señor rojo.

- Y por último yo pinté el espacio sideral y la noche, esa es nuestra tarjeta de presentación pero ya nos conoces, nos gusta estar en todas partes y nos encanta mezclarnos y crear nuevos colores para embellecer vuestro entorno, - aseveró el de negro.

INGUZ ya se había frotado los ojos 3 o 4 veces más otros tantos pellizcos para ver si era un sueño o una realidad.

- Si sigues pellizcandote, azul y rojo te harán un morado en el brazo - dijo el señor blanco.

Todos rieron de nuevo, estaba claro quién era el bromista del grupo.

- Es alucinante, ¿y que hacéis? ¿ésta es vuestra morada? ¿Sois Ángeles?

- Más o menos, aquí solo nos reunimos días como hoy, once de noviembre y solo cada once años, así está previsto, pero tenemos un problema, por eso te esperábamos INGUZ.

Los colores eran sagrados, y por eso cuando fueron creados lo que invadieron primero, fueron las cosas más importantes de la naturaleza, pero el hombre, que era quien principalmente disfrutaba de estas bendiciones, los empezó a destruir, derramando la sangre roja de sus hermanos en guerras absurdas e innecesarias, destrozando el verde talando árboles por puro egoísmo, quemando la vegetación, estropeando el negro del espacio estelar haciendo agujeros en la capa de ozono, ensuciando el azul del cielo y el blanco de las nubes por culpa del humo que sale de las fábricas de empresarios desalmados, por culpa de todo esto se estaba acabando la fuente de colores, si seguimos así morirán y todo se volverá gris, necesitaban ayuda.

- Para empezar yo me llamo MIGUEL no INGUZ y lo que me piden es imposible.

- Tu has sido el único humano que pidió el deseo de llegar aquí cuando eras niño. En otras vidas fuiste un vikingo y te llamabas INGUZ que significa armonía. Necesitamos que dediques tu vida a enseñar a los niños que son el futuro de la humanidad a que no se comporten como vosotros los mayores, a que cuiden de la naturaleza y de la tierra, a que luchen contra los desaforados y las malas personas que nos están destruyendo.

Me gustaría saber lo que habríais hecho vosotros en su lugar, pero después de meditarlo un rato, los miró fijamente y le embargó cierta tristeza, imaginó como si se descoloriesen y rompiendo el silencio absoluto que se hizo les respondió:
- No sé si esto es una locura pero así lo haré, no tengo nada más importante que hacer con mi vida.
Gracias, sabíamos que lo harías, tú eres el único que puede traer armonía a este mundo, ojalá encuentres a otros como tú, solo así se podrán cambiar las cosas.

- Ahora te bendeciremos con el MARTILLO DE TOR que te protegerá de los malos deseos y partirás en busca de ayuda. De tu éxito dependen muchas vidas. Suerte.

- Nos volveremos a ver dentro de once años, el once de noviembre, aquí mismo.

Y sin mas dilación INGUZ marchó, durante la travesía no hacia más que pensar en lo maravilloso de lo sucedido, en lo triste que era ver como se había deteriorado todo, sufrió pensando lo difícil que sería encontrar gente que le ayudase en la lucha por solucionar las cosas, pero poder ver una puesta de sol tiñendo de fuego rojo el crepúsculo, las estrellas iluminando el firmamento negro, el azul del cielo luchando con el mar por tener más espacio en el horizonte, las enormes nubes blancas surcando con formas sugerentes el cielo, el verde manto de los árboles que cubren los valles y las montañas, el amarillento dorado de los gigantescos campos de trigo, arroz, cebada y maíz que bailan al son de una canción que les silba el viento; todo eso bien valía un esfuerzo. Por lo tanto cuando os crucéis con INGUZ, solo tenéis dos posibles posturas, o le ayudáis siendo respetuosos con la tierra con sus elementos, con las creaciones de dios y la naturaleza, o lucháis contra él, pero entonces lo hacéis contra él, contra dios, contra vosotros mismos, y contra vuestros hijos.

Dios inventó los colores para nuestros ojos, pero se olvidó que también inventó las manos que los podían destrozar.

Si veis a INGUZ ... decidle que le estoy buscando.

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